Estoy convencida de que el actual
modelo de atención perinatal no es una expresión médica ni científica, sino que,
por el contrario se trata de un asunto cultural y político.
Esto significa que la
realidad hegemónica en las salas de parto, no se debe a que falten avances
médicos que hagan de estos procesos un evento más “amable”, ni que falte
evidencia científica que demuestre que el actual modelo de atención
intervencionista y ejecutor de violencia obstétrica es nocivo para la mujer, su
hijx y su familia. Sino que sus bases se asientan en las creencias y paradigmas
culturales que nos rigen y tiene un fuerte significado político, en tanto y en
cuanto reproduce mecanismos de control sobre las mujeres y sus hijxs y
evidencian como socialmente aún se pone sistemáticamente en duda la capacidad
de las mujeres de ejercer nuestra autonomía y soberanía. El mensaje subyacente
de la atención perinatal hegemónica es que las mujeres seguimos siendo objetos
y no sujetas de derechos y por ende requerimos de la tutela del varón, el
estado o el/la profesional de la salud y que al seguir siendo consideradas
ciudadanas de segunda, nuestro bienestar físico, emocional y psicológico estará
siempre relegado a un último plano.
Es por esto que aunque mi activismo se centra en estos hitos y me interesan las construcciones y prácticas en torno al embarazo, parto y posparto, la pregunta constate no es solo por el parto como hecho concreto, puntual y aislado sino por todo aquello que devela sobre la realidad social a la que seguimos siendo sometidas las mujeres y los mecanismos de control y dominación a los que seguimos siendo expuestas
Si vamos a una sala de parto y tomamos la imagen que damos como universal y fija, una mujer acostada, con las piernas abiertas y posiblemente atadas, posición cuya única razón de ser es brindar comodidad al equipo obstétrico aún a costa del bienestar y necesidades emocionales y fisiológicas de la mujer y el/la bebé. Enchufada a un suero, como si fuera un cordón umbilical a la institución, con el mensaje implícito que esto trae de que su supervivencia y salud dependen de la intervención médica. Privada de su voz y de la expresión de sus emociones. Sus deseos, expectativas y necesidades serán tomadas como caprichos, pedidos ridículos producto de su estado hormonal y su emocionalidad susceptible y débil. Tildada de egoísta e inconsciente por no pensar en el bienestar de su hijx, si osa exigir sus derechos.
Es por esto que aunque mi activismo se centra en estos hitos y me interesan las construcciones y prácticas en torno al embarazo, parto y posparto, la pregunta constate no es solo por el parto como hecho concreto, puntual y aislado sino por todo aquello que devela sobre la realidad social a la que seguimos siendo sometidas las mujeres y los mecanismos de control y dominación a los que seguimos siendo expuestas
Si vamos a una sala de parto y tomamos la imagen que damos como universal y fija, una mujer acostada, con las piernas abiertas y posiblemente atadas, posición cuya única razón de ser es brindar comodidad al equipo obstétrico aún a costa del bienestar y necesidades emocionales y fisiológicas de la mujer y el/la bebé. Enchufada a un suero, como si fuera un cordón umbilical a la institución, con el mensaje implícito que esto trae de que su supervivencia y salud dependen de la intervención médica. Privada de su voz y de la expresión de sus emociones. Sus deseos, expectativas y necesidades serán tomadas como caprichos, pedidos ridículos producto de su estado hormonal y su emocionalidad susceptible y débil. Tildada de egoísta e inconsciente por no pensar en el bienestar de su hijx, si osa exigir sus derechos.
Sometida a prácticas innecesarias, invasivas y crueles tan sólo porque lxs profesionales “opinan” que es lo mejor, aunque la evidencia científica demuestre lo contrario. Pero, de base en el modelo de atención impera la creencia que los procesos sexuales y reproductivos de las mujeres son patologías que deben ser tratadas y nuestros cuerpos son asumidos como maquinaria fallada y suicida.
Es en estos procesos además donde más se nos exige aquellas características para las que hemos sido socializadas, ser “buenas chicas”; obedecer sin cuestionar; no ser escuchadas, ni vistas, actuar como si no estuviéramos; tener un alto registro de las emociones y necesidades de lxs otrxs en detrimento de las propias y por supuesto estar dispuestas al sacrificio y abnegación materna
Es interesante notar
incluso, que para algunas mujeres el encuentro percibido como el más brutal y descarnado con la violencia machista fue durante
la atención obstétrica, fue en sus partos donde sintieron la apropiación y
dominación cruel sobre sus cuerpos y la total desestimación de su autonomía,
necesidades y expectativas.
El modelo de atención
perinatal hegemónico es sin lugar a dudas un proceso de violación y vulneración
sistemática sobre las mujeres y sus hijxs con total legitimación y
naturalización social. Y eso es un problema socio-cultural y político que nos
involucra a todxs. No está de más recordarlo un día como hoy, 25 de noviembre, día internacional de la eliminación de la violencia contra las mujeres.
Violeta Osorio
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