¿Por qué nos resulta tan difícil identificar el uso de intervenciones innecesarias en nuestros partos, aún teniendo información para hacerlo? Es una pregunta que me acompaña desde hace tiempo, la violencia obstétrica en cuanto a trato deshumanizado es más fácil de percibir y es en general el punto de partida para desenredar una vivencia violenta, pero lo que se refiere a la patalogización del proceso queda muchas veces escondido e incluso se transforma en algo incuestionable, no importa la información al respecto. Es muy común escuchar testimonios de mujeres que empiezan diciendo “yo creo que lo que me pasó no fue violencia obstétrica” y seguido de esto un relato repleto de ella, incluso cuando hace dos minutos viendo imágenes, videos, documentales de violencia obstétrica, escuchando los relatos de otras mujeres no dudaron en percibir la violencia en ello. Sin embargo cuando se trata de la propia experiencia aparecen las dudas, las justificaciones, los “no fue para tanto” o “yo se que x o y práctica es controvertida pero en mi caso si que fue necesaria” . Obviamente en este fenómeno ópera mucho el discurso médico, aquello que en medio de la vorágine se nos dijo y nosotras creímos. Como también el paradigma que tenemos de base sobre la salud y la atención profesional calificadas, asociadas ambas al uso de intervenciones y medicación, y a la presencia de tecnología de alta complejidad, en estos temas el subtexto parece ser “más es perse mejor”. Y por supuesto también lo difícil que es asumirse sobreviviente de una situación de violencia, cuando se supone que teníamos información o herramientas para evitarla.
Más allá de estos factores que son más índole individual y concreto, creo que existen otros dos grandes ejes en esto más sociales y comunes. Por un lado los relatos con los que crecemos desde niñxs, todos tan iguales, tan uniformes que obviamente es eso lo que esperamos y creemos normal y sano, ¿por qué habría de hacernos ruido? Las mujeres no sólo vamos a parir creyendo que la intervención de rutina es necesaria si no que incluso nos preparamos para ella. Aún teniendo información sucede y no porque no nos den las neuronas para entender, si no simplemente porque las creencias, aquello que tenemos como paradigma es mucho más fuerte que la información que poseemos si está solo se ha quedado en un plano racional. Creer es mucho más poderoso que saber.
Pero por otro lado, algo que también es muy importante entender es que el mismo escenario montado para la escena del parto nos imposibilita percatarnos de la violencia que implica el uso injustificado de intervenciones y medicalización de rutina, es evidente que como mujeres criadas en una sociedad patriarcal llegamos todas en mayor o menor medida sumisas al parto y eso hace que tengamos mayor tolerancia a la violencia, pero además el contexto puntual de ese momento lo aumenta aún más. En general las mujeres cuando entramos a parir, nos encontramos con un ambiente hostil, frio e impersonal, luces altas, mucha gente que entra y sale, todxs con ambo, dando un mensaje implícito de que eso que está sucediendo es un acto médico que requiere de la pericia y experiencia de lxs profesionales. Somos enchufadas a un suero como si estuviéramos enfermas, dependientes de la institución y toda su tecnología, como un hilo de Ariadna que nos garantiza salir sanas y salvas del peligroso trance. Sustraída nuestra ropa para ostentar una bata de clínica, más enfermas, más necesitadas de lxs profesioanles y sus tecnologías, despojadas de nuestro nombre y nuestra identidad particular para pasar a ser “mami, nena, gordita” una cama más, un útero más. Luego acostadas mirando al techo en actitud pasiva, aunque tenemos un tsunami dentro, sigue el desfile de profesionales, que hablan fuerte, dan cada unx su parecer, comentan entre ellxs y nosotras ahí….la mayoría de las veces atravesando todo el proceso en completa soledad emocional, tratando de portarnos bien y no molestar, porque el mensaje general, el que recibimos desde que pisamos la institución es que lo que importa es que lxs profesionales tengan acceso al “campo de trabajo”. Luego vendrán los “dale daleeeee mami puja”, cuando no un " le estás haciendo mal al bebé " la rapidez, la producción en serie, la amenaza latente y constante de que estamos en riesgo y lo que parece ser sano y normal en cualquier momento y de un segundo a otro puede desembocar en una tragedia de alta magnitud. Igual que en el cascada de intervenciones donde una intervención desata a la otra, en este caso cada detalle habilita y camufla al siguiente, le resta impacto, le quita visibilidad, en medio del huracán difícilmente distingamos la lluvia de los truenos, en el contexto de muchas manos, muchos ojos, mucha velocidad, muchas voces que hablan siempre como si no estuviéramos presentes y con tono de urgencia ¿no es lo obvio, lo esperable que hagan y deshagan sobre nuestro cuerpo y nosotras accedamos? ¿Quién podría negarse a ser intervenida, tratada y curada y por supuesto su hijx en una situación de tanto riesgo?
Además, el trato impersonal, frío y deshumanizado que también es violencia obstétrica sirve de excusa y escondite del modelo de atención intervencionista, incluso es muy probable que lo habilite, ante tanta soledad y desamparo muchas mujeres piden que termine, que se acabe ya, que por favor hagan lo que sea para que no siga, pero no porque el parto en si mismo, como proceso fisiológico se les hace insostenible, sino porque en medio de aquel contexto perverso y cruel, el parto se transforma en una pesadilla de la que sólo queremos despertar. Al punto, de que es incluso probable que en el relato de la mujer quedé arraigado el recuerdo de que ella lo pidió, ella dio su autorización, pero ¿podemos realmente decir que se trata de una decisión libre e informada? O ¿tan sólo un grito desesperado de auxilio?
Y por supuesto el acceso a la información (o la falta de ella), que también es violencia obstétrica es un factor determinante no sólo en el consentimiento puntual que damos para que se realice tal o cual práctica, sino en el relato que nos queda de ese parto, como un evento en el que fuimos protagonistas y principal figura de toma de decisiones y es cuando aparece el “yo se que no suele ser necesaria, pero yo la pedí”, cuando en realidad dijimos si, porque la información aportada no fue completa, verdadera, oportuna ni adecuada, posiblemente incluso bordeando la tergiversación y la manipulación. Porque si en el momento nos dice que lo que van a hacer es lo mejor para el/la bebé o en un momento de mucha intensidad y dolor nos dicen que esa intervención va a “facilitar” o “acelerar” sin explicitar todo el panorama de riesgos asociados y alternativas posibles, o con cara de preocupación nos dicen que “el proceso está tardando mucho” sin aclarar que eso no es una complicación en sí misma o que nos recomiendan esa puntual práctica sin dar cuenta de las razones reales de esa recomendación nos no está cabalmente informado y menos que menos estamos eligiendo. No importa entonces si dijimos SI, si incluso firmamos o lo pedimos nosotras, sino media la información verdadera, adecuada, completa y oportuna no existe una elección real. Y es esta una de las maneras en las que el sistema médico hegemónico no sólo nos convierte en víctimas, sino también en cómplices, porque “yo lo pedí, yo dije que si, yo accedí”.
Hemos construido un modelo hegemónico de atención perinatal perverso donde todo está armado para que de una vulneración saltes a la otra, como la rana aquella a la que le van calentando el agua de a poco hasta que le es imposible saltar.

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