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Esa violencia...

Foto de Puja-Violencia Obstétrica
La violencia obstétrica, esa que no existe y que es sólo un invento de las exageradas y locas del parto respetado, de las débiles que no tienen lo que hay que tener para merecer ser madre, tiene nombre de mujer y la vagina o el útero con cicatrices innecesarias, algunas incluso con moretones en la panza, marcas de pinchazos en los brazos, arrastrando síndrome de estrés post traumático  y muchos pedidos de “no quiero, me duele, basta” que nunca fueron escuchados. 

La violencia obstétrica, esa que no pasa nunca o que son solo casos muy aislados, exagerados, tergiversados, tiene cuerpo de bebé recién llegado al mundo descubriendo el lenguaje de la violencia y el miedo. 

Esa violencia que no es para tanto porque peor están los profesionales de la salud son las historias de millones de familias, es el miedo en el cuerpo, frases, recuerdos, olores que se repiten una y otra como en una pesadilla, es la rabia y la impotencia mezcladas con el dolor más desgarrador. 

Esa violencia que de “que te quejas si el bebé está sanx”, es la historia de la voluntad quebrada, de ser sólo un pedazo de carne, llevada, traída, atada, drogada, cortada, manoseada, intervenida sin siquiera derecho a la voz, es pasar horas sin saber siquiera si el/la bebé está bien, si eso que estamos atravesando es normal y esperable. 

La violencia obstétrica, esa que se inventaron algunxs sólo para ensuciar el buen nombre y la ardua labor de la mayoría del sistema de salud hegemónico es el relato del que debería ser “uno de los días más felices de mi vida” convertido en un cuento de terror, es el encuentro y el recibimiento de la vida en medio de entornos inhóspitos y fríos, con una mujer  atada, mirando al techo y violentada, un sostén inexistente, una familia excluida y un bebé separadx sin razón; es la culpa de por vida por no poder reir de felicidad cada vez que recordamos  ese día en el que nos encontramos de este lado del mundo y en su lugar sentir ese amargo sabor que sube desde las entrañas, una puñalada en el centro del estómago; es tener que escindirnos, casi esquizofrénicamente para poder llorar y duelar nuestro parto y así poder celebrar al fin el nacimiento de nuestrxs hijxs,  jamás como vivencia, sino como hecho.  

Esa violencia de “nosotrxs sabemos lo que hacemos” son las acusaciones y la culpa que nos acompañará siempre por “no habernos portado bien”, porque “le estábamos haciendo daño a nuestrxs bebé”, porque “bien que nos gustó y antes abrimos la piernas”. 

Esa violencia que está naturalizada, que creemos es lo que corresponde y por nuestro bien, es nuestra capacidad fisiológica para parir y nuestra capacidad para ser autónomas y elegir la que siempre está duda, vulnerada y acallada. Esa violencia que deja marcas imborrables en toda la sociedad, la sostenemos y nutrimos entre todxs  y se cobra víctimas todos los días. 


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